EL CORONEL SEDUCTOR





Desde que sabemos que Gardel es uruguayo, nuestro corazoncito oriental
ha quedado más gozoso.
Pero qué tendrá que ver el título con Gardel? se  preguntarán los lectores.
Mucho, porque hoy vamos a recordar a quien fuera su legítimo padre: el
coronel Carlos Escayola. Este personaje no fue un simple militar de aquella
época, sino fue designado por el gobierno de entonces, como Jefe
político de la región que abarcaba el norte del Rio Negro.
Se cuenta que era, aparte de buen mozo, un seductor irreductible. Tocaba
el piano, la guitarra y cantaba con voz de tenor. Su debilidad: las mujeres. Pero
las más bellas y si además de eso, tenían la virtud de desplegar algún arte,
más atractivas.
Fue el primero en montar un teatro en Tacuarembó, utilizando buen dinero
para traer desde Europa, con preferencia París, compañías de vaudeville, ópera
o comedias. Condición primera: debía incluir mujeres jóvenes y desenvueltas
las que accedieran a sus veleidades artísticas y sensuales.
Para asegurarse de citas nocturnas algunas y casi amanecidas otras, hizo construir
un camerino al lado del escenario donde alojaba a su diva de turno, de usufructuo
personal.
Las fascinaba no solo con su desenvoltura, su estampa de hombre bien plantado sino
que cantaba con voz bien modulada y varonil, acompañándose con el piano o la guitarra.
Su fama, sin embargo, no trascendió hasta muchos años después; había que guardar
secreto de  sus aventuras amorosas con el recato que se mueve en torno de un Jefe
político y por añadidura, militar.
Los tacuaremboenses, hasta ahora, ( los más ancianos) guardan un extraño mutismo
cuando se toca el tema.
Cuenta Ricardo Casas en su documental, que las veleidades de Escayola se explayaron
al mismo ritmo que menguaban sus escrúpulos. También cuenta que dejó embarazadas
a tres hermanas; la menor de ellas de nombre María Lelia tenía solo catorce años.
Esa fue la madre de Carlos Gardel.
Para que el escándalo no cundiera, la mandó con un familiar a vivir en los alrededores
de la ciudad de Buenos Aires. 
¿Será por eso tal vez, que le apodaran el morocho del Abasto? Hasta hace muy poco tiempo,
los argentinos reclamaban para sí la nacionalidad de Gardel.
También se dice que el cantor de tangos más famoso de todos los tiempos, viajó dos veces
a Tacuarembó para reclamar de su padre, el derecho a llevar su apellido. Como éste se
negara, no regresó jamás.
Pero en la sangre llevaba los genes de su voz, su carisma y aquella figura varonil y fascinante
que conmovió al mundo y que aún, tantísimos años después, sigue conquistando.
Pese a todo, Coronel Carlos Escayola, se hizo justicia. Su poder de entonces, ya no tiene
ningún valor .
Carlitos es un ídolo, es universal y más que todo eso, es NUESTRO.






OJOS DE LLUVIA







Abrió el paraguas porque las primeras gotas predecían el aguacero.
Negro, con forma de campana, era del tipo que algunos llaman de
medio mundo.
Dos minutos después se descolgó el diluvio. Sus zapatos se llenaron de agua y hacían
plap-plap al caminar. Se recostó contra la pared de un comercio, debajo de la marquesina
para guarecerse.  Pasaban los minutos y la lluvia no amainaba. No quería llegar tarde a
su trabajo, de ahí que dobló la esquina habitual, justo en el instante en que una muchacha
empapada le gritó algo y sin ningún miramiento, se metió bajo su paraguas.
Con la melena chorreando y el vestido pegado al cuerpo, le sonrió.  Atónito por la sorpresiva
compañía, se detuvo un momento, pero ella lo ciñó por la cintura y siguió andando.
A la media cuadra había una cafetería y él, con un gesto amable, la invitó a entrar.
¡Qué ojos extraños, parecen de lluvia! pensó él mientras ella, dejando traslucir los pezones
oscuros bajo  la tela del vestido , como si no le importara, cruzaba los dedos huesudos y pálidos
sobre la mesita.
¿Un café? preguntó él.
No. Tengo que irme de prisa.
¿Adonde? interrogó el muchacho.
Ella hizo un gesto vago con las manos sin decir palabra.
Bueno, debo irme. No quiero llegar tarde.
La lluvia se descolgaba iracunda, como si toda la rabia del mundo se hubiera desatado entre
las oblongas gotas que se escurrían paraguas abajo, empapando la ropa desprotegida.
Los dos se levantaron al unísono. El  hizo tintinear las monedas sobre el mostrador, y diri
giéndose a la puerta, abrió el paraguas. Solo entonces cayó en la cuenta que la chica se había
ido. Corrió entre la gente entre un sinfín de paraguas de todos los colores y tamaños, hasta la esquina. Miró en todas direcciones. Nada. Buscó su vestido empapado, sus manos pálidas y huesudas, su
melena chorreante; nada.
Miró a través de la cortina de agua que desdibujaba contornos, con la esperanza de verla.
Le pareció que un bulto leve y frágil iba elevándose hacia las nubes preñadas de agua.
Fue solo una décima de segundo. Luego, nada más.
Cerró los ojos y los abrió escudriñando a su alrededor. Nada.
La muchacha con ojos de lluvia se había esfumado.
Para siempre. Lo supo. Entonces, entendió por qué a veces los hombres lloran.






EPÌNOME

Puedo reescribir los reversos    
Tristes, noches estrellándose
Contra las estrellas, tiritando
Lejos como azules titiriteros
Los astrales astros que no volverán
Golondrinándose oscuramente
En los balcones. Analfabetos
De sueños. De sueños y de nombres;
Del amor solo, absurdamente solo
En sordina.
Que no, que no te quiero verde,
Sin caballo ni montaña acaballándose
En el río de los espejos sin plata.
Que no, no, no, no te quiero
Quiero, quiero, quiero verde
Verdiazul, verdiblanca, verdirrosa
Verde luna sin gitana.
Mira como se puso tu piel
Porque no recuerdo, tu sangre
Sangrante río de sangre, cauce
Abierto de tu pecho.
Pensar que no pienso
Nada, cuando pienso
Que te quiero
Y soy una mujer viuda
Tres veces, viuda
Por eso en mi viudedad
Olvido, y olvidándolo recuerdo
Que en ese muro de arena
Levantado contra el viento
No sé si te quiero, quiero
O si olvidándote tanto
Ese olvido es un tormento
Tormentoso de agonía
Pensando que no te pienso.            


PRIMIGENIO VERBO

Amado, yo venía
desde el fondo del tiempo
creía en la ternura
en la aurora y el beso.
La curva de mi boca
conjugaba aquel verbo
frutal y fascinante
del vocablo primero.
Por sobre la montaña
a través del desierto
entre rocas oscuras
o frágiles veleros
caminando venía
desde el fondo del tiempo
presintiendo en la niebla
las luces de tu puerto.
Yo no sabía entonces
de este hondo misterio
que desde lo insondable
venía a nuestro encuentro
como un duende encendido
de amor. El sortilegio
trastocó las raíces
sobornó los comienzos
y puso en el otoño
un rojo sol de fuego.
Tú tampoco sabías
amado, el sortilegio
de la luna rodando
sobre el tapiz del cielo
y dormías tu sueño
de ceniza y bostezo
de espaldas a la vida
y al fuego del incendio
insensible a la rosa
y al vértigo del vuelo
enredando palabras
fugaces como el viento.
Y emergimos de súbito
desde el fondo del tiempo
como emergen los astros
en la curva del cielo.
Y supimos entonces
del amor el secreto
que nos quemó la sangre
y caló hasta los huesos.
Desde entonces, fundidos
piel a piel , beso a beso
encendimos las lámparas
rescatamos los vuelos
incendiamos los mares
con hogueras de sueños
y en milagro inaudito
detuvimos el Tiempo.
               
             
                                            
   

PROXIMUS

Mientras el humo no llegue
a oscurecer la tierra
y el azufre esté relegado
al polvo del olvido
seamos, prójimo mío, muchedumbre
de paz hasta que no haya luna;
desde el río hasta los confines
de la tierra, junto a los moradores
del desierto hagamos florecer
los días de justicia. Un puñado
de granos echemos sobre las cumbres
de los montes; perpetuemos la rosa
el árbol y la hierba, para que pájaros
sobrevivan en el espacio y los mares
cobijen criaturas ligeras.
Hagamos desandar el tiempo
para que la injusticia no sea
para que la guerra no sea,
para que el traidor no perdure
y el enemigo duerma.
Levantemos las manos a las nubes
limpias de ajena sangre
para entrar en el tiempo de siembra
hasta que dure el sol.
Las manos levantadas, los unos
y los otros, prójimo mío,
todos, todos, todos
hasta que la última estrella
se apague en los confines del universo.



DEL SUR

Del sur, ha llegado del sur
        como el viento pampero, desatado
  barriendo a su paso indiferente
        los nidos de gorriones. Espantando
       a pájaros y bestias. Sorprendiendo
  la rosa y la cosecha. Ha llegado
del sur. Por caminos  extraños
   desatando con mano estremecida
uno a uno los nudos del pasado.
    Interrogué al poniente las razones
       de este incendio de rosas en la tarde
      del cáliz pleno en mitad del tiempo
y la porfía eterna de la sangre.
        Interrogué a la noche, a los caminos
         que no regresan jamás. A la constante
esplendidez del cosmos florecido
   como una boca nuclear avasallante.
      Interrogué a la esfinge que inmutable
en el desierto hostil, burla burlando
           Nadie responde. Hay un silencio cómplice
Pero aún así, sigo interrogando.