EPÌNOME

Puedo reescribir los reversos    
Tristes, noches estrellándose
Contra las estrellas, tiritando
Lejos como azules titiriteros
Los astrales astros que no volverán
Golondrinándose oscuramente
En los balcones. Analfabetos
De sueños. De sueños y de nombres;
Del amor solo, absurdamente solo
En sordina.
Que no, que no te quiero verde,
Sin caballo ni montaña acaballándose
En el río de los espejos sin plata.
Que no, no, no, no te quiero
Quiero, quiero, quiero verde
Verdiazul, verdiblanca, verdirrosa
Verde luna sin gitana.
Mira como se puso tu piel
Porque no recuerdo, tu sangre
Sangrante río de sangre, cauce
Abierto de tu pecho.
Pensar que no pienso
Nada, cuando pienso
Que te quiero
Y soy una mujer viuda
Tres veces, viuda
Por eso en mi viudedad
Olvido, y olvidándolo recuerdo
Que en ese muro de arena
Levantado contra el viento
No sé si te quiero, quiero
O si olvidándote tanto
Ese olvido es un tormento
Tormentoso de agonía
Pensando que no te pienso.            


PRIMIGENIO VERBO

Amado, yo venía
desde el fondo del tiempo
creía en la ternura
en la aurora y el beso.
La curva de mi boca
conjugaba aquel verbo
frutal y fascinante
del vocablo primero.
Por sobre la montaña
a través del desierto
entre rocas oscuras
o frágiles veleros
caminando venía
desde el fondo del tiempo
presintiendo en la niebla
las luces de tu puerto.
Yo no sabía entonces
de este hondo misterio
que desde lo insondable
venía a nuestro encuentro
como un duende encendido
de amor. El sortilegio
trastocó las raíces
sobornó los comienzos
y puso en el otoño
un rojo sol de fuego.
Tú tampoco sabías
amado, el sortilegio
de la luna rodando
sobre el tapiz del cielo
y dormías tu sueño
de ceniza y bostezo
de espaldas a la vida
y al fuego del incendio
insensible a la rosa
y al vértigo del vuelo
enredando palabras
fugaces como el viento.
Y emergimos de súbito
desde el fondo del tiempo
como emergen los astros
en la curva del cielo.
Y supimos entonces
del amor el secreto
que nos quemó la sangre
y caló hasta los huesos.
Desde entonces, fundidos
piel a piel , beso a beso
encendimos las lámparas
rescatamos los vuelos
incendiamos los mares
con hogueras de sueños
y en milagro inaudito
detuvimos el Tiempo.
               
             
                                            
   

PROXIMUS

Mientras el humo no llegue
a oscurecer la tierra
y el azufre esté relegado
al polvo del olvido
seamos, prójimo mío, muchedumbre
de paz hasta que no haya luna;
desde el río hasta los confines
de la tierra, junto a los moradores
del desierto hagamos florecer
los días de justicia. Un puñado
de granos echemos sobre las cumbres
de los montes; perpetuemos la rosa
el árbol y la hierba, para que pájaros
sobrevivan en el espacio y los mares
cobijen criaturas ligeras.
Hagamos desandar el tiempo
para que la injusticia no sea
para que la guerra no sea,
para que el traidor no perdure
y el enemigo duerma.
Levantemos las manos a las nubes
limpias de ajena sangre
para entrar en el tiempo de siembra
hasta que dure el sol.
Las manos levantadas, los unos
y los otros, prójimo mío,
todos, todos, todos
hasta que la última estrella
se apague en los confines del universo.



DEL SUR

Del sur, ha llegado del sur
        como el viento pampero, desatado
  barriendo a su paso indiferente
        los nidos de gorriones. Espantando
       a pájaros y bestias. Sorprendiendo
  la rosa y la cosecha. Ha llegado
del sur. Por caminos  extraños
   desatando con mano estremecida
uno a uno los nudos del pasado.
    Interrogué al poniente las razones
       de este incendio de rosas en la tarde
      del cáliz pleno en mitad del tiempo
y la porfía eterna de la sangre.
        Interrogué a la noche, a los caminos
         que no regresan jamás. A la constante
esplendidez del cosmos florecido
   como una boca nuclear avasallante.
      Interrogué a la esfinge que inmutable
en el desierto hostil, burla burlando
           Nadie responde. Hay un silencio cómplice
Pero aún así, sigo interrogando.





MEDALLAS DE CENIZA ( A los dictadores de nunca jamàs)




General,  ¡ay! General, te hundes sin asidero
en movedizas arenas, General del universo
chiquito de tu rencor y tus terrores y miedo.
Aduladores impávidos cambian de rumbo los vientos
falsean los campanarios, asesinan los corderos
mientras cinco soles tristes van marchitando en silencio
los jardines donde crecen azulados crisantemos.
Y estás solo, General, como están solos los muertos
Asfixiado de poder en tu palacio desierto.
En tu ciénaga florida revolotean los cuervos
pájaros de la malaria, huéspedes de tu destierro
que en tu propio suelo sufres la soledad del infierno.
Asesinas a distancia con solo firmar decretos;
espera sin esperanzas de a poco vas sucumbiendo
en los cráteres profundos de los pantanos del miedo.
¿De qué sirve, General, tanto poder y ese intento
de manejar en la sombra los hilos de tus muñecos?
si en las noches solitario con diez aldabas de fuego
te persiguen los fantasmas de torturados y muertos
mientras el viento que sopla anunciando va los tiempos
en que tu trono a pedazos caiga por fin con estrépito.
De nada valdrán medallas, ni la espada, ni decretos
porque vendrá la avalancha incontenible del pueblo
criaturas con frío y hambre, ancianos en cautiverio
a quien no podrás detener con la metralla ni el fuego.
Y como todo cobarde General de soles muertos
temblarás como una hoja sacudida por el trueno.
Buscarás la protección de aduladores y siervos
mas habrán huido todos, mercaderes de silencio.
Solo entonces General, comprenderás el tormento
de estar solo, solo, solo, en mitad del universo.



                                           

MECHA




Mecha se miró al espejo, ató el moño de la blusa a lunares, se retocó los labios con el rojo bastón, caminó hacia un lado de la habitación y luego hacia el otro, siempre mirándose al espejo. Pareció satisfecha con la imagen que éste le devolvió. Pareció satisfecha con la imagen que éste le devolvió, tomó su cartera y salió a la calle.
- Cinturita de dedal… - le susurró el Morocho vendedor de libros-
- Con esas caderas, mareas, - le grita Arnoldo, mientras limpia la vidriera de la farmacia.
Don Andrés,  impecable en su traje negro, detiene su caminar apretadito y quitándose el sombrero, saluda:
- Buenos días, pimpollo.-
Mecha lo mira, lanzando al aire su carcajada fresca y vibrante. Sigue caminando, los altos tacones de sus sandalias, golpean rítmicamente la vereda. Donaire y gracia de su andar veinteañero, asomados a la mañana, rumbo a los áridos caminos del sustento.
Se detiene frente a una verja, alto muro  de hierro, muda custodia de poder y riqueza, bienaventuranza de los elegidos. Con mano suave presiona el timbre semioculto  en las ramas del cratego y al oírlo, más allá de la húmeda alfombra vegetal, dos perros boxers con gesto fiero y veloz carrera, se acercan ladrando. Detrás, Woo el jardinero enano, trae un manojo de llaves tan grandes que casi cubren su mano. Con una reverencia, hace entrar a Mecha, pero de sus labios no escapa un solo sonido. Woo es coreano y en la guerra fue preso por los enemigos quienes luego de torturarlo le arrancaron la lengua para que no contara secretos de la jungla.
Atraviesan el espacioso parque y penetran por una puerta disimulada entre el follaje de plantas del trópico.
Ya dentro, Mecha se dirige a  la habitación azul¸ luego de cambiarse las sandalias por un par de blancas zapatillas, descuelga la túnica de impecable blancura, se la pone, cubre sus cabellos largos  y crespos con una cofia, entra al baño, se lava las manos con jabón desinfectante, se las seca bien y respira hondo. Está lista para su tarea.  
       El reloj enmarcado de bronce con números de oro, señalaba las seis de la tarde. Mecha entró a la habitación pintada de azul, se quitó la túnica, la cofia y las blancas zapatillas. Guardó ordenadamente cada cosa en los estantes del armario empotrado, dio dos vueltas a la llave y se dispuso a salir. Antes, mirose en el espejo de la antesala que la reflejaba de cuerpo entero, y al parecer, no le satisfizo la imagen porque extrajo de su cartera el cepillo y comenzó a pasarlo con energía por su abundante melena. Luego, con el lápiz labial se retocó la boca, hasta verla convertida en dos líneas sangrientas. Hecho esto, salió por la puerta disimulada entre el follaje, dirigiéndose al jardín.
No había andado tres pasos siquiera, cuando desde la cabaña situada en una curva del parque, vio a Woo que avanzaba balanceando las enormes llaves. Pero no venía solo; le acompañaba Antonino, uno de los dos choferes de la mansión.
- Hola, picola – dijo, mirándola con gesto atrevido.
- Hola – contestó algo turbada, mientras bajaba la mirada.
- Que coincidencia, volvió a decir el italiano. Precisamente hoy salí antes y me gustaría invitarte a tomar un refresco.-
Mecha se puso tensa y los colores fueron como dos heridas en sus mejillas. Conocía la fama de Antonino, las muchachas admiraban su figura atlética, sus dientes impecables y sus ojos renegridos.
Tampoco ella escapaba a ese magnetismo varonil, pero su sentido común la mantenía alerta.
-          ¿Entramos?, en este bar hay buena música, los mejores  del rock- dijo él, mirándola con pasión.
-          Pero solo hasta las siete, ni un minuto más –
Antonino retiró los banquillos de altas patas y luego de ayudarla a ubicarse, hizo lo mismo. Pidió dos limonadas y cuando el mozo las trajo, se inclinó hacia Mecha, susurrándole:
-          Io sono loco per te, loco –
Le gustaba hablar el idioma paterno para enamorar a las chicas. Era un juego que siempre resultaba y él lo manejaba astutamente.
Luego, acercó su boca e intentó besarla. Mecha reaccionó abruptamente; poniéndose de pie, lo miró hondo a los ojos y con voz airada, lo increpó.
-          No juegues conmigo, Antonino, porque puedes consumirte en tu propia hoguera. –
El insistió:
-          Io sono loco per te… -
 Luego, recuperando el dominio, le tomó una mano, obligándola a sentarse.
-          Hoy mismo voy a tu casa y hablaré con tu padre. Te quiero… te quiero…y le besaba la punta de los dedos, la palma de la mano y el brazo.
El rock aullaba desde la maquinita; una historia de amor no correspondida. Los jóvenes en grupos, gritaban y gesticulaban para hacerse oír, yendo y viniendo desde el mostrador a las mesas.
De pronto, como si la hubieran arrojado de un lejano asteroide, Mecha dejó de soñar locas quimeras, se puso de pie y mirando al italiano le dijo:
-          No quiero que vayas a casa, no quiero que me acompañes ni hoy ni nunca… no quiero nada contigo. –
Estupefacto, Antonino la miró diciendo:
-          Estás loca, loca, pero per qué? –
Ella lo atrajo hacia sí, hizo girar su cabeza bien moldeada rumbo a la pared del fondo. Desde allí, un enorme espejo bruñía con nitidez, imágenes y movimiento del amplio salón. Acercó su cara a la de él y con angustioso acento replicó:
-          Esa es la razón –
La cóncava lámina devolvió la imagen de los dos, realzando con nitidez el rostro de la joven.

Era negra.